Haga frío o calor, cada martes se encuentran a las 8 de la mañana en el aparcamiento de Can Calissó, en el centro de Castellar, y se dirigen a la barraca de turno. Allí todo el mundo tiene un trabajo. Desbrozar, quitar hierbas, buscar piedras, partir las que sean demasiado grandes, carearlas, levantar pared o discutir la mejor forma de hacer un elemento o la mejor piedra para ocupar una posición concreta. A media mañana paran a desayunar, y siguen hasta la una y media. Sólo desde hace un par de años se han concedido la pequeña licencia de realizar tres semanas de vacaciones en agosto.
Con una pasión, una constancia y una paciencia dignas de admiración, han restaurado o arreglado ciento treinta barracas del total de ciento sesenta y cinco que han localizado en el término municipal, convirtiéndose sin pretenderlo en un referente en el mundo de la piedra seca catalana. En un momento en que el patrimonio de la piedra seca se encuentra en peligro de extinción en toda Catalunya, en Castellar la situación es muy diferente.